
'GARGANTA PROFUNDA' Y EL CASO WATERGATE: UN MOTOR PARA LA PRENSA DE INVESTIGACIÓN
Corría el invierno de 2000 en Nueva York cuando Carl Bernstein, ante unos 10 alumnos de la cátedra de investigación de la escuela de periodismo de la Universidad de Columbia, desplegó una sonrisa entre divertida e irónica: '¿y? ¿No me van a preguntar quién es 'garganta profunda'?'. Nadie llegó a plantearle el mayor enigma de la profesión, porque todos sabían de antemano la respuesta: el secreto mejor guardado del mundo periodístico sólo sería revelado cuando el gran protagonista falleciera, aclaró -como si hiciera falta-, el mítico investigador del caso Watergate. Bernstein, bien lejos de su silueta delgada, con la que recorría la redacción de The Washington Post en los 70, reafirmó una de las reglas básicas del periodismo: no revelar la fuente que suministra una información off the record. Finalmente sale a la luz, pero por iniciativa de la misma fuente. Los primeros investigadores en el periodismo estadounidense hay que buscarlos a principios de siglo en los llamados "muckrakers" (algo así como buscadores de basura). Según diversas fuentes, poco a poco comenzaron entonces las presiones gubernamentales y empresariales contra los medios y de los 20 a los 60 muy pocos pudieron desarrollar periodismo de investigación. En los 60 surgieron los "Nuevos muckrakers", entre ellos Nicholas Cage, del The New York Times (denunció las relaciones de Frank Sinatra con la mafia) o Seymour Hersch, ganador de varios Pulitzer, autor de la investigación de la matanza de Mi Lay, en Vietnam, en 1968. El caso Watergate no sólo tuvo tremenda repercusión en EE.UU. sino en todo el mundo. Watergate demostró que "se imponía con cierta urgencia la necesidad de considerar la información como algo susceptible de ser trabajado más a fondo, de ser documentado, ampliado, verificado, contextualizado, indagado y, en definitiva, investigado", explica la experta española Montserrat Quesada. En los grandes diarios de EE.UU. comenzaron a formarse equipos de investigación y a invertir tiempo y dinero en el área. Y, aunque en el mundo había ejemplos aislados (el argentino Rodolfo Walsh había escrito en 1957 su excelente Operación Masacre, sobre los fusilamientos de militantes peronistas en José León Suárez), en la prensa gráfica su trabajo no había sido sistematizado. En España, el auge de esta especialidad comienza en los 80 con las primeras pesquisas sobre el caso GAL -los grupos paramilitares que perseguían a los miembros de ETA durante el gobierno socialista-, iniciadas en 1983 por Diario 16. En América latina también comienzan a formarse equipos de investigación en los principales diarios, una tendencia aún en expansión. Pero no es un trabajo fácil: además del esfuerzo de las empresas periodísticas, requiere que los cronistas salgan de las redacciones, miren más allá de sus narices, busquen documentos y, en definitiva, tengan casi un alma de detective.
Por Paula Lugones
“GARGANTA PROFUNDA” QUEDÓ ATRAGANTADO DE CENSURAS
Los antiguos colaboradores de Richard Nixon acusan de traidor a “garganta profunda”, el ex número 2 del FBI, que el martes admitió haber filtrado a la prensa los datos del caso Watergate. Que la exclusiva haya correspondido a una publicación mensual es una paradoja más en la revelación del misterio mejor guardado de la historia del periodismo. Mark Felt, de 91 años y frágil salud física y mental, era “Garganta Profunda”, la fuente que conservó su anonimato durante casi 33 años, a pesar de haber precipitado con sus filtraciones la primera y única dimisión de un presidente de EE.UU., Richard Nixon. Su familia asegura que este anciano delicado, dueño en su día del segundo despacho más alto en el FBI, todavía mantiene un conflicto personal con el concepto de “lealtad”; pero antiguos colaboradores de Nixon creen que Felt no es un héroe sino “una serpiente”. Armados ahora con el desenlace del enigma, los historiadores explicaban con efusión que Mark Felt reunía en su perfil los dos elementos que requería la identidad de “Garganta Profunda”: acceso a la información y un motivo para filtrarla. Sólo unos pocos de quienes revisaban lo escrito y dicho en los últimos 33 años reconocían su incapacidad para haber visto al elefante en la tienda de porcelana, como dice el aforismo anglosajón. Felt no parece saber por qué lo hizo. En algunas entrevistas publicadas en años de mayor lucidez, este individuo nacido en Twin Falls (Idaho) en 1933 parece mostrar una endémica fidelidad hacia los servicios de inteligencia a los que entregó su juventud y su madurez. Según el relato de Vanity Fair, Felt, paseado en silla de ruedas por un enfermero, piensa a menudo en voz alta; entre frases inconexas o incoherentes, el enfermero recuerda haberle oído decir que “un hombre del FBI debe ser leal al departamento” y, en varias ocasiones, una afirmación que ahora parece reveladora: “Era mi deber hacerlo”. Que fuera su deber o su venganza es lo que ahora se dirime, y la diferencia entre héroe o traidor parecía ayer ciertamente estrecha. En las pocas conversaciones que ha mantenido con su familia sobre su papel en el “caso Watergate”, Felt parece genuinamente convencido de que era su obligación impedir la presencia de un político corrupto en la Casa Blanca. Sin embargo, el repaso a su situación profesional en aquellos años proporciona argumentos para el resentimiento. Por primera vez, el FBI había dejado de ser la institución que guiaba al presidente de EE.UU. para ser, muy al contrario, un organismo supeditado al poder de un individuo -Nixon- obsesionado con la posesión y el control de la información. La muerte de J. Edgar Hoover había dejado un despacho vacante en la dirección del FBI al que aspiraba con lógica su “número dos”, Mark Felt. Como demostración irrefutable de las aspiraciones controladoras de Nixon, el elegido como sucesor no fue este fiel insider, profundo conocedor de los laberintos del espionaje sino un advenedizo llamado Patrick Gray.
La llegada de Gray era una demostración de poder. Era el año 1972. “Estábamos enfrentados a la Casa Blanca en casi todo”, escribió Felt en un libro de memorias, que guardaba cautelosamente su secreto inconfesado. Justo entonces, el 17 de junio, la policía detiene a cinco individuos cuando trataban de instalar micrófonos en la sede del Comité Nacional Demócrata en el complejo Watergate, a orillas del río Potomac. Aunque el asalto fue chapucero (uno de ellos se identificó como ex agente de la CIA y otro llevaba una agenda con el teléfono de la Casa Blanca), la maquinaria de Nixon se movilizó de inmediato para tratar de mantener esa noticia en las páginas de información local del diario The Washington Post. Cuando Felt comunicó a Gray su capacidad para vincular el dinero recibido por los asaltantes con los fondos electorales del Partido Republicano, el director del FBI lo conminó a dejarlo estar. Felt conocía al joven periodista Bob Woodward por su investigación de un caso anterior, nada polémico. Ahora Woodward investigaba el asalto al Watergate y Felt sabía hacia qué madeja conducía el hilo. Los dos acabaron nuevamente en contacto (“un accidente de la historia”, lo llama Woodward) entre los muros herméticos de una playa de estacionamiento subterránea en el que Felt recomendaba al periodista que siguiera “la pista del dinero”. El resto sí que es historia. Ayer, antiguos colaboradores de Nixon, resentidos todavía por haber perdido sus empleos en esa época o haber figurado permanentemente en la lista de candidatos a ser “Garganta Profunda”, no parecían dispuestos a cerrar con gracia este epílogo de la noticia del asalto al Watergate. Para Pat Buchanan, que le escribía los discursos a Nixon, Felt “lo hizo por malicia, porque no lo habían ascendido en el FBI. No creo que ‘Garganta Profunda’ sea un héroe, creo que es una serpiente”. Henry Kissinger, secretario de Estado y consejero de Seguridad Nacional de Nixon, también se mostraba dolido al recordar aquellos años y parecía convencido de que el escándalo no fue el “caso Watergate” sino que Felt lo filtrase: “Creo que era un hombre con problemas. No contemplo lo que hizo como algo heroico. No es heroico espiar a tu presidente cuando ocupas un alto cargo”. Y el actual presidente, George W. Bush, se mostró fascinado por la historia, pero declinó dar su opinión.
Por Javier del Pino, desde Washington.
9:01 PM


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